Porque lo que hacen por nosotros no se puede comparar con nada.
¡Felicidades Mamá!
Me hubiera gustado que, como en mis mangas, mis recuerdos giraran alrededor de una persona con seudónimo de flor a la cual acudir cuando me sintiera sola o apenada. Pero debo seguir en la vida real donde reinan la mentira, la falsedad y la desconfianza. Tres cualidades que no suelen aparecer en mi carácter y por eso no pertenezco del todo a la sociedad. Pero aun siendo así no voy a caer en el juego de este mundo cruel. Seguiré con lo que es mi camino, o eso creo, con la cabeza bien alta y esperando las consecuencias que ello conlleve. Consecuencias que por desgracia conozco de antemano... el aislamiento social, el desprecio de los demás, las risas de los que te ven al pasar, las miradas criticas,... Sin embargo, si el juego trata de dañar a los demás creándose una alta posición en el colectivo mundial, perderé el juego de buen grado aunque eso signifique ser por siempre de una clase luchadora, pobre y sincera.
Detrás de la caja miré a mi alrededor buscando alguna salida de emergencia. Los perros parece que me olieron y aullaron tan alto como pudieron. A mi lado, tenía unos barriles que parecían ser de gasolina, así que pensé rápidamente alguna estrategia que me sacara de aquel aprieto. Así que con mis instrumentos de matar bien agarrados en mis manos salí corriendo hacia el fondo del almacén, a pesar de saber que así esos monstruos me descubrirían con total facilidad. Los perros me perseguían saltando de un lado a otro mientras la mujer nos observaba. Entonces llegaron al lugar donde había estado escondida antes. “Pongamos en práctica lo que me dijo Mila sobre estos bichos”. Disparé hacía el barril que había cerca de ellos y este explotó destruyendo 3 o 4 barriles más que había a su alrededor. Parecía que habían desaparecido pero yo me encontraba algo mal después de esa explosión. Me arreglé la coleta y levantándome del suelo me acerqué hacia la mujer. Nunca la había visto tan cerca. Me perdía entre la espesura de su negro pelo y en sus ojos de igual color. Era delgada y de piel fina y clara. Desperté de esa hipnosis de su hermosura con el aullido de otro perro. Esta vez el aullido provenía de la parte trasera del almacén. Así que dándole la espalda a la mujer miré hacia allí un momento y volví a posar mis ojos en ella. Se había quedado petrificada al verme de espaldas. Aunque no hice mucho caso y pasé por su lado para salir de aquel lugar cerrado. Pero justo en el momento en que nuestros cuerpos se cruzaron escuché de sus labios : “Hija”.